Estimadas comadrejas. Me dirijo a ustedes, con todo el poco de ternura que pueda tener mi alma, con toda la desvergüenza del caso y con todo el ácido humor que motiva este tipo de situación. Este no es un anuncio de guerra, no se equivoquen, ni mucho menos voy a manifestarles algún tipo de rencor. Esta es una carta pública aclaratoria de lo que es, de lo que fue y de lo que ya no podrá ser.
Entiendo que hayan tenido diversos motivos personales –y muy bien analizados- para haber decidido dejarme de lado. Lo sé y no los culpo. Sé que hay mil millones de razones para aburrirse de alguien como yo. Sé que soy torpe, poco amable, de espíritu caudillista, intransigente, contradictoria y pesimista. Sé que mi filosofía poco tolerable de lo que el consenso social ha determinado como tolerable, no les ha ayudado a soportarme. Sé que mis exigencias culturales, intelectuales y mi espíritu huachafo han colmado sus hígados de bilis. Sé muy bien cada una de las cosas que han considerado, y les doy toda la razón del mundo y hasta felicito tan acertada decisión. Yo en sus zapatos hubiese hecho exactamente lo mismo. Los he subestimado, son más inteligentes de lo que hubiese podido considerar alguna vez.
Pero ya, en serio, además de mis defectos evidentes, sé que les he fallado como “amiga”. Sé que nunca he podido interesarme por completo por sus vidas, que he sido poco cómplice de sus almas y que no he podido serles de utilidad o de consuelo en ningún tipo de ocasión. Esta circunstancia quizá sea la más grave de todas las mencionadas, y por ello sólo me queda carraspear y soltarles un “lo siento”, con toda la inutilidad del mundo, pues mis complejidades metafísicas me han impedido el poder socorrerlos y cumplir con mi deber amical. Como les mencioné alguna vez, vivo tan en otra parte que inevitablemente fallo, y por ello no tengo reproche alguno sobre sus sabias determinaciones. Han tenido motivos de peso para descartarme de sus listas existenciales, y yo lo admito como un pecador frente a un cura en pleno acto de confesión.
Pero no esperen ahora que me vaya tranquilamente con mis tres padres nuestros y mis cuatro ave marías. No esperen un amén de mi parte, ni ningún ruego, porque si bien dije que no tengo reproche alguno, no lo tengo respecto a su decisión, pero tengo algunos más respecto a otras cosas.
Lo que no tolero y no podré tolerar jamás es que se hayan atrevido a hacerme el falsísimo acto de la desaparición forzada para apartarme de sus vidas. Eso, señores, es pura hipocresía. Eso es un juego macabro de niñitas malnacidas. Lo único que he pedido siempre a alguien es que tenga las pelotas de soltarme sus porquerías en mi cara. Si me odias, me detestas y te aburro, anúnciamelo, patéame, escúpeme en la cara, pero no te portes como un avestruz y ocultes la cara en tu agujero patético. Yo no busco problemas con nadie, ni mucho menos intento incentivar el drama, lo que busco es un poquito de sinceridad, un poquito de agallas, un poquito de dejarnos de tantas patrañas de bastardos.
Eso siempre lo he dejado en claro. Pero comprendo que hayan podido olvidarse de este requerimiento especial que siempre les he exigido. Lo comprendo y por ello no les guardo rencor. Me limito a señalarles con el dedo que también han cometido un grave error, me limito a señalarles que son y quizá siempre fueron bastante hipócritas también, que se les han soltado los calzones y que han perdido toda elegancia, o al menos un acto de mínima dignidad. Les informo, que cuando uno rompe relaciones diplomáticas lo anuncia, de eso se trata todo esto, pero si no lo supieron, bueno, lo saben ahora.
Como ven, quizá yo también haya tenido razones de peso para alejar mi existencia de la de ustedes, pero siempre fui paciente sencillamente porque jamás pido lo que no puedo dar. Pero en fin, supongo que no todo el mundo se percata de ciertas esencialidades de la vida, y lo lamento y me lamento, y que pena y que fastidio, y al demonio con todo esto, y ya está, ya se los dije, la próxima vez que me vean, intenten insultarme un poquito, sólo para hacerme acordar que de pronto ahora he pasado a tener el honor de ser el blanco de sus odios, de sus malos deseos y demás sentimientos sombríos que son impulsados por el simple desagrado.
Aún con todo esto, les deseo a todos que les vaya muy bien. Muy al contrario suyo, y a pesar de la pequeña descortesía que acaban de hacerme, no los odio, ni los detesto, ni los considero del todo seres dignos de mi rencor. Ciertamente, mi consideración por ustedes ha decaído, pero no puedo llegar a odiarlos, porque a diferencia de lo que pasó con ustedes, yo nunca sentí que algo haya ido mal en todo esto, jamás lo percibí, jamás lo entendí, y lo único que me brindó pistas del resquebrajamiento de nuestra relación, fue este tiempo de comunicación interrumpida, de falta de manifestación existencial y de sus evidentes actos e intenciones de ignorarme. Así me he enterado, ¡vaya broma!, ¡vaya bajeza!, ¡vaya acto de cobardía! Sólo en este sentido, en este acto tan bajo y poco tolerable sí debo decir que me han desagradado, me han desagradado en demasía.
Y ya que me han desagradado finalmente, y puesto que alguien tiene que poner el punto final, – ya que ustedes no se han atrevido a tener la decencia de hacerlo-, lo hago yo en este momento y rompo públicamente relaciones diplomáticas con todos ustedes –saben muy bien a quienes me refiero-. Ya pueden ir en paz, ya puedo ir en paz.
Y en fin, todo baile acaba inevitablemente y este bailecito hace rato que acabó. Pero yo muy digna –dentro de todo lo que pueda considerarse en esta situación- sólo puedo limitarme a decir lo que dijo Sartre alguna vez: “Aunque es usted absolutamente insoportable, también es mi “prójimo”, por la fuerza de las cosas”
Atte. Su nueva ex amiga, Calamidad