Estoy tendida aquí, con mi piel pálida y casi traslucida mientras afuera crujen varias hojas secas que son pisoteadas por el señor jardinero. Las hojas de los árboles se menean con pereza y yo succiono mi cigarrillo por cuarta vez, casi como metida en un ritual.
Los demás, seguro la pasan muy bien. Todos metidos en la clásica aventura de verano, entre la arena pegajosa y caliente y el mar helado y sucio. Todos, felizmente desparramados, con las cabezas embotadas de tanto estar tendidas al sol, emborrachándose con el aroma de los peces y con las moscas pegadas en el sudor de sus pieles tostadas y peludas.
Sí, los demás lo pasan bien, pero yo sigo aquí tendida y de vez en cuando el sol me alcanza. Es allí cuando me llevo a los labios nuevamente el cigarrillo y continúo succionándolo, como si de ello dependiera mi vida.
Tengo pereza, decido pararme y al estirarme mis articulaciones crujen. Prendo mi equipo y meto un disco semi trágico, semi dulce (aunque lo dulce en básico siempre es trágico). Me rio un poco al ver resbalar una niña en el parque, luego sacudo violentamente la mano al quemarme los dedos por haberse consumido mi cigarro.
“Que frustrante” – me digo-. Prendo otro cigarrillo y me quedo allí sentada al pie de mi ventana con mi gato a un costado. Fumo mucho, es lo único admisible en momentos como estos. Estoy anclada en una rutina aguda y casi martirizante, me dejo halar por las cosas “sensatas”, las cosas que “debo” hacer con una pasividad total.
El dejarme halar es lo único que se me ocurrió para salir de mi confusión temporal en este planeta. Nunca estuve preparada para cruzar los 20, tenía que dejarme halar porque por mi misma nunca me hubiese movido.
Y ahora es como si nada, es como susurraba Pizarnik (y seguro con las axilas bien mojadas): “Señor Tengo veinte años. También mis ojos tienen veinte años y sin embargo no dicen nada”.
Sí, no dicen nada. Pero tampoco he visto a otros ojos de veinte años que digan algo. Y me molesta mucho esto, Señora Pizarnik, me molesta mucho que usted sea parafraseada tantas veces y la gente repita sus palabras sin entender las implicancias de la palabra “nada”. Yo tampoco tengo nada y se exactamente que significa la nada. Dudo que el resto con sus nadas puedan tener verdadera conciencia de la nada. Por eso siempre están mostrando las muelas amarillentas y chapotean en el mar orinado por los niños y se tienden en la arena respirando la mezcla de olores salados y putrefactos propios del verano; y luego forman una masa con sus cabellos mojados por el mar contaminado, ponen cara de solemnes (con muchos litros se whisky en la sangre, por supuesto) y dicen, carraspeando previamente: “Señor tengo veinte años. También mis ojos tienen veinte años….” Lo tengo muy en claro.
Tengo muy en claro porque se me ha vuelto usted tan desagradable señora Pizarnik, aunque usted no tenga la culpa, ya ha sido mancillada, y sus palabras sólo pesan como el eco de un muerto más en este planeta.
Apago el cigarrillo, prendo otro. Tengo ganas de destruir el disco de Bon Iver que puse hace un rato. Pongo uno de los Doors…..”Ryders on the Storm” es precisa en este instante. Hojeo una novela de Salinger que terminé de leer hace poco. Me molesta, me molesta mucho. Arrojo la novela contra la puerta de mi armario y empiezo a dar vueltas en el piso, como si dando vueltas me salvara de las balas del bando enemigo en plena guerra mundial. Siento el barro metido entre mis uñas, el olor desagradable a putrefacción y carne quemada, el vértigo y la adrenalina por matar al enemigo. Cojo mi carabina, apunto firmemente y le disparo a alguien en la cabeza.
¿Como hubiese actuado yo en medio de la crueldad de una guerra?, ¿Me habría realmente importado?
Si me hubiese ocurrido exactamente ahora, por mi estado, dudo mucho que me hubiese importado. Hubiese tomado las armas y hubiese disparado automática y sistemáticamente con mi trasero bien firme y remojándose en el barro. Al menos les hubiese dado en la boca a los que sonríen tanto y parafrasean a Pizarnik.
Observo la novela tirada de Salinger. Me he obsesionado con la familia Glass. ¿Porqué ocurren estas cosas justo cuando Salinger muere?, es estúpido, es estúpido que siga intentado encontrarle sentido a mi vida en los libros. Pero los libros son todo lo que tengo, aquí, con mi piel pálida y mis trescientos cigarrillos, queriendo estar cerca del mar en una tarde fría, sin nadie a mi alrededor (sólo así quiero la playa), salvando a mis autores mancillados por esta gente cirquera y falsa, tratando de salvarme de mi propia falsedad.
Prendo un nuevo cigarrillo, al arrojar el humo de mis pulmones, siento como si se escaparan varias de las personalidades que tenía metidas. Sonrío un poco.
Los demás seguro la pasan bien, en el mar, los demás seguro inflan sus pulmones de oxigeno/olor a pez. Yo en cambio estoy aquí, con mi carabina invisible, amando a los Glass, amando a Salinger y sintiendo pena por Pizarnik.
Salinger y sus queridos Glass son una especie de enfermedad. Cuando caemos en ella ya no se cómo se hace para salir.
Sí, los Glass son una enfermedad. Yo aún creo que Seymour tiene todas las respuestas….me lo creo como un niño que le tiene fe al ratón de los dientes.