“Poco importa poco amor o poca vida, no es
tan malo. Lo que cuenta es observar las paredes yo nací para eso. Nací para
robar rosas de las avenidas de la muerte.”
Yo también, señor Bukowski, yo también nací para observar las paredes. Caigo en la cuenta ahora, mientras me atraganto con el café y observo las pinturas de mi hermana. Afuera siempre soy muy subnormal, solo siento lo correcto adentro. Ya no se qué hago, en verdad que no sé, sólo hago un cúmulo de estupideces cuando me paseo por las callejuelas de la ciudad, es algo un poco triste, pero supongo que es consecuencia de cumplir con el deber moral de asumir el ridículo connatural al hombre.
Bien, ya me fastidie. Si sigo rumiando llegare a conclusiones innecesarias, como siempre. Miro el reloj con desesperación y siento nauseas. Me ponen trágica los horarios, las agendas, la vida. No quiero ser del tipo que tiene que hacer siempre cosas sin importancia, pero me cuesta mucho encontrarle verdadera importancia a todo en general. El mundo, la vida y la emocionalidad humana están sobrevaloradas. Por eso todos quieren ponerse poéticos, por eso todos quieren mostrar las muelas y sostener el cañón de una pistola sobre sus huesos, por eso todos piensan en la eyaculación, las minifaldas, los perfumes extraños de la compasión y el sufrimiento, no sé.
He preparado un blanco con cinco nombres y ahora juego con los dardos. Me aburre tanto el seguir pensando en apuntar y disparar. Ya no tiene sentido alguno, ya no siento tanta rabia, pero he llegado a considerar al ritual tan fundamental como bostezar, por eso no puedo evitar hacerlo, así como no puede evitarse el bostezar. Suena incoherente, pero es que soy del tipo que hace cosas porque sí. Nunca tengo motivo alguno para algo en concreto, dejé de creer en los motivos hace mucho tiempo.
Una vez, hace mucho, alguien me dijo algo que me robe para mí misma: “Si alguien me pregunta que es lo que quiero me pondría a llorar”. Siempre fui muy emocional con el quiero”, pero ahora sinceramente tengo la imagen perfecta de mi “quiero” en mente.
Quiero estar allí, tendida, flotando en el mar, carbonizándome la piel con el sol, oliendo a pez. Sólo quiero tenderme allí y sonreír con toda la sinceridad del mundo, no quiero otra cosa, y esta idea no me causa llanto ciertamente.
Mis amigos, todos son buenas personas, todos tienen personalidades agradables, soy yo quien desentono, soy yo quien siempre suena demasiado hipócrita. Lo lamento, ¿me leen?, lamento no poder ser alguien correcto. Correcto en el sentido de causarles alguna funcionalidad en sus vidas, soy bien inútil para mí misma, soy bien miedosa como para poder asumir las cosas de otros, a veces creo que un día haré que mi auto se estrelle contra un muro y perderé los dientes y las piernas, y entonces, entonces podremos reírnos todos, mientras mordemos galletitas rancias y bebemos un horrible té de limón. Pienso en esto con toda la ternura del mundo por cierto.
Ahora estoy ansiosa. Tengo mucho por decir, pero casi nada, como siempre. Tengo toda esta cosa emocional que me asalta de repente y luego se apaga. Estoy aburrida y eso me hace crear personajes imaginarios con los que converso todas las noches, con los que alcanzo la complicidad necesaria. No es justo nada de esto, pero la realidad está hecha para despreciarse, ¿no es así?
De otro modo no nos fascinaría tanto la ficción. De otro modo no mentiríamos tanto en nuestras vidas. Una vez lo escribí en alguna parte, me lo dije a mi misma: “Las mentiras, querida, son pequeños impulsos dulces construidos por la emocionalidad nefasta a la que el hombre está inclinado por culpa de las malditas hormonas. Considéralo como una manifestación física involuntaria, como la necesidad de leer pornografía a pesar de lo absurda y grotesca que resulta, y de lo inverosímil de la historia erótica en cuestión. Las mentiras se resumen en eso, en erotismo que despiertan nuestros sentidos. Las mentiras son deseos que sabemos imposibles. Pero seguimos teniendo la necesidad de seguir fantaseando con ello, para seguir excitándonos.”
Y es que sucede que en la vida real hay muy poca excitación, por eso fantaseamos.
Ahora miro mis paredes oscuras y pienso en aviones, en el zumbido de mi cabeza, en que debo conseguir dinero para pagar mi multa para no ir a votar, en que mañana seguiré haciendo de subnormal, en que estaré pronto con mis amigos mordiendo aquellas galletitas rancias y en que flotaré en el mar y conoceré a un chico con olor a pez lo suficientemente encantador para motivarme a seguir excitándome con mentiras. Pienso en todo esto con una felicidad bien finita, porque mis paredes me abrigan y me ponen sensata, porque me gustan las paredes y porque ya no creo en los demonios sino en mi carne fofa en y mis huesos tibios.