Escrito alguna vez en el 2009…


Hablando en serio, hablando realmente en serio, puedo decir que si he tenido yo alguna especie de práctica destinada a la repetición durante todo mi tiempo de desperdicio en este extraño planeta cuadrado, ha sido la práctica de evadir cosas.

¡Soy experta!, la cosa es así: si a mi me espantan, me vienen las arcadas y me pongo verde, y con los cabellos parados salgo disparada, no hay más. En eso consiste el evadirme.

Resulta que soy del tipo de personas a las que les ocurren las cosas más inverosímiles del mundo. Precisamente me pasan cosas inversamente proporcionales a las que quiero, o sencillamente, para ser más precisa, ocurre lo que deseo pero en un modo grotesco.

Mi vida es una broma, yo una caricatura.

Pero con el objeto de sobrevivir, de alejar el cañón helado que siempre he tenido pegado en la sien; con el objeto de triunfar la partida bufonesca que tengo con la humanidad y el mundo entero, es que he tratado de sobrellevar todo esto.

Me he atado la cadena gruesa y falsa de las responsabilidades y de la rutina.

Ahora hago, con cierta apatía, las cosas que debo hacer aunque odie hacerlas,  aunque prefiera tomarme un buen vaso de whisky, quitarme los zapatos y observar por mi ventana cómo el mundo se acaba.

Claro que no es tan cierto que odio todo lo que hago, hay de vez en cuando cosas interesantes. Pero no motivan precisamente mi temple, sólo lo estabilizan para que yo pueda participar en este teatrito barato. He ahí el por qué evado tantas cosas,  sencillamente porque los eventos donde discurro no son convenientes para cumplir mi plan, me deforman más y hacen las cosas más terriblemente insoportables, así que las evado y salto con gracia como haciendo alguna pirueta de ballet, algo así como en el Cascanueces.

Pero en fin, hoy es lunes, y son algo así como las 9.35 de la mañana. Estoy completamente derretida y me he vuelto un ente deforme sobre mi silla de oficina. Estas son las causas del aburrimiento. Mi jefe decidió irse de vacaciones por un mes y me dejó muy pocas cosas por hacer, así que ahora tecleo los reportes legales (ya que es lo único que me queda) mientras me voy ahogando.

Uno de los fluorescentes que cuelgan sobre mi cabeza empieza a parpadear incesantemente, esto me produce jaqueca. Pienso en canarios amarillos con las vísceras hacia afuera entre las uñas de un tierno gato; pienso en las rodillas de un mono; en platos de café triangulares; pienso en los gemelos fantásticos; pienso en que quisiera pasar por una abducción extraterrestre; pienso en fumar mientras le saco la lengua al cartelito que me indica que aquí adentro está prohibido.

De todas formas esto es solo el detalle decorativo de mi día: las ironías. Las ironías hieren mi personalidad incesantemente inconforme y contradictoria en un sitio donde se ha dado por sentado que no puedo ser más de lo que soy, ni puedo obtener más de lo que tengo, o sea que el deber moral en la existencia probablemente sea el aceptar ser mediocre y buscar estúpidamente ser feliz con ello.

Soy mediocre ahora, soy terriblemente trivial, soy frívola y me he deshecho de mi emocionalidad…. ¿porque entonces sigo sintiendo todo este desagrado?, como si el mundo oliera a cabezas de pescado podridas, ¿Por qué?

Ayer medité un largo rato cuando me sorprendió la lluvia retrasada e ingrata de la temporada, y saque conclusiones divertidas y lógicas:

A mí no me quiere nadie y yo no quiero a nadie.

Por eso es fácil moverme entre la gente, reír, tomar una copa de vino.

“Nosotros no hablamos de amor, nosotros sólo queremos emborracharnos”

Porque estar borracho nos ayuda a procesar la escena un poco mejor. Aparcarse en la inconsciencia nos deslinda de la existencia, al menos un rato.

Y allí termina todo lo poco trascendental por decir.

Tengo un dolor agudo en la rodilla derecha, una pereza infinita y un pesar inmenso por estar atorada en un lunes sin esperanza de cambio. Las rutinas son una constante en mí y lo carnavalesco sigue adornando mi cerebro.

Aún con todo lo que he dicho, hoy y sólo hoy, me siento un poco como Bambi creo.

Necesito de esta mofa de mi misma, de esta exagerada queja existencial, para sentirme un poco mejor. Es algo así como los críos emos que se agujerean las muñecas, me hace sonreír un poco aunque suene poco creíble. A decir verdad todas estas cosas me hacen sonreír ahora que mi cuerpo se vuelve como el de la rana René (lo juro).

¿Qué se puede decir de esto? Poco, nada, estoy sumergida en la trivialidad.

Me quedan las escenas extrañas y la copa en la mano. Podré arreglarme la corbata imaginaria y recitar con solemnidad: Brindo por la coraza que tengo en el pecho, porque yo nací (y así lo diría Vallejo) un día que Dios estuvo enfermo, grave.

Y todos bailaran canciones incomprensibles, y compartirán los mismos gestos amables y falsos.

Y mi alma terminará como un queso suizo, agujereada.

Pero nada de eso realmente importará porque al final, con cancioncita trágica de fondo, encías ensangrentadas y gente que sonríe demasiado, yo cruzare las piernas y diré (como si dijera alguna cosa importante, profunda y de gran esfuerzo filosófico): A mí no me quiere nadie y yo no quiero a nadie… ¡Banzai!

Una Respuesta a Escrito alguna vez en el 2009…

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