En mi vida he tenido numerosos ataques de culpa. Supongo que el tiempo de la victimización siempre es temporal y posteriormente evoluciona a la crisis de culpabilidad. No es sano, al igual que la victimización, pero es algo irrefrenable en el instante de la crisis, casi inconsciente.
Hoy en día no es que me haya deshecho de la culpa. Por allí está, medio acusándome con el dedo gordo y mugriento. Pero es más fácil ponerse un poco más insensible. Ya saben, encogerse de hombros, sonreír con torpeza, suspirar, y aceptar las cosas sin otra alternativa.
Yo reconozco que soy a la vez culpable y a la vez víctima.
Pero así es el mundo. Así son las circunstancias. Así es la vida.
El siguiente paso consiste en proyectar las frustraciones contra alguien para intentar sacudirse de tanta aflicción. Funciona en cierta medida; es esto de focalizar los odios en un solo punto, de culpar a otro. Pero al final los resultados siguen siendo los mismos, la situación no se altera, la porquería continúa allí, imperturbable, flotando eternamente en esa cosa llamada “alma” que uno nunca sabe para qué sirve y que uno nunca se entera si por casualidad tiene fecha de caducidad.
Yo presiento que la mía ha caducado hace tiempo, y eso explica tanta impasividad en mí.
Igual y cojo los dardos, apunto al blanco y grito a veces, con la flema estallando en mi garganta “Viejo, has sido realmente un hijo de puta”, y ya está. Luego retornan los pocos recuerdos agradables de la infancia, como cuando uno jugaba con sus barbies de plástico, o como cuando uno creía que encontraría duendes mágicos en el jardín…tratando así de acaparar los recuerdos malos, esos que nos dejaron medio torcido el corazón por siempre, y que pesan en la afirmación que nos hacemos todas la mañanas frente al espejo con desesperanza: “yo nunca seré normal”
En fin, son las cosas tristes que pasan, porque en la vida siempre tienen que suceder. Me pregunto, si alguna vez podré desprenderme de estas actitudes tan cobardes, de este extremismo que tengo por ser pesimista, vulgar, impaciente, y muchas veces vil.
Me pregunto si alguna vez podré llegar al punto de no sentirme más oprimida por estos recuerdos…
Me pregunto, me pregunto…