Hay cosas que no se deben decir para no despertar los instintos emo de los mozuelos sensiblones y malcriados, hijos de la influencia malsana de Justin Bieber.
Una de las cosas más horribles de esta era, es que todo el mundo tiene una opinión sobre algo. Ya, me dirán que no está tan mal ponerse “opinativo”, pero la cosa es que esas dichosas opiniones siempre tienden a lo que las grandes masas deciden por consenso y estupidez, o sea, forman parte de lo que llamamos “opiniones de las mayorías”; pero jamás toleran lo que escapa del sonido punzón, horripilante y de mal gusto del unísono de sus voces mayoritarias.
Yo casi no concuerdo con las mayorías. A veces adrede, sólo para joderlos un poquito.
Este asunto es bastante peliagudo cuando uno intenta sobrevivir en esa jungla repleta de formalismos desmesurados, a los que por algún extraño motivo han decidido denominar como “civilización”.
Si yo quiero ser una persona grande, debo hablar racionalmente, debo estrechar manos, sonreír con displicencia, saludar a los extraños por los pasillos, dedicarme al trabajo.
Sí…veo mi futuro brillante en grandes salones llenos de documentos absurdos materia del engranaje natural de la burocracia.
No me molesta tanto el papel de idiota en ese tipo de escenarios naturales en la sociedad humana, como el de tener que ser comprensiva con otros seres extraños que se dicen mis “pares”.
Me refiero a esos acostumbrados a hablar de que hay que ser emprendedores en la vida, que se creen lideres natos, que le prenden velitas a la virgen por las mañanas y se persignan para que Perú gane un maldito partido de futbol.
Si yo fuera Dios, escupiría mi ira sobre esos imbéciles que me hacen perder el tiempo invocándome en cosas tan superfluas como un maldito partido de futbol.
En fin, a esa gente yo la conozco muy bien. Son los que escriben frase de “Quien se ha robado mi queso” junto a otras del maldito de Coelho –por un momento olvide como diablos se escribía ese terrible apellido-.
Son esos que tienen una lucha de personalidades, entre esa espiritualidad extraña que los obliga a convocar a fuerzas de santos ancestrales, junto a los nombres de los que ellos denominan como visionarios y modelos a seguir, como Steve Jobs y ese tipejo que creó el Facebook cuyo nombre no quiero recordar en estos momentos.
Son esos que se leyeron todas las obras de Vargas Llosa apenas ganó el nobel, o lo que es peor, leyeron a Vallejo por primera vez, luego de que Google decidiera sacar ese horrible doodle.
Esos son mis pares. O así se supone que es todo.
Lo peor de este tipo de personas de las que les hablo, no es que existan de por sí; lo peor tampoco es toparse con ellos. Uno puede hacer un pequeño esfuerzo y tolerarlos, hasta su excesivo entusiasmo y su amabilidad maquillada puede impulsarnos a darles un par de palmaditas en la espalda, luego de unas cuantas cervezas obligadas de oficina. Lo peor es lo que dije en un comienzo, su espíritu extremadamente sensible y malcriado, su no tolerancia por lo distinto o porque alguien se haya atrevido a evidenciar el error/estupidez de alguna de sus opiniones/apreciaciones.
Por alguna razón estas personas viven siempre constantemente ofendidas.
Dentro de estos emprendedores están los activistas acérrimos, estos que se creen los grandes visionarios y que consideran importantísimo manifestar la gloria crítica –o al menos ellos la sienten muy crítica- de sus opiniones en cada trending topic de la horrible red. Son esos que creen que mezclar insultos con la palabra “creo” es elegantísimo, y que ellos tienen la verdad en las manos. Los que no opinamos igual estamos destinados a ser el centro de sus odios y prejuicios malsanos, producto de sus extraños activismos feministas, machistas, pro homosexuales o pro heterosexuales o lo que sea. Por eso odio los activismos y a los activistas de cualquier clase.
Pero en fin, el punto es que debo lidiar con todos esos extraños, esos dementes, esos idiotas, y ser amable y sonreírles y debo intentar no dañar sus tiernas susceptibilidades de niños malcriados y estúpidos. Es como cuidar que no se te salga la verdad ante un mocoso pijo y termines confesándole que no existe Papa Noel, que no existen los Reyes Magos, que no existen las Tortuninjas, ni las hadas, ni la bondad en los que están detrás del documental en contra de Kony.
Todo el mundo se ofende con facilidad. ¡Vaya broma!
Lo que creo fervientemente, es que la gente en general debería calmarse. Que al final las cosas no son lo suficientemente importantes como para ponerse tan snobs con esas cosas del “emprendimiento” o las “opiniones críticas”.
Como cantaba Queen en esa trillada y genial canción “nothing really matters…any way the wind blows”.